La inteligencia artificial exige criterio, no moda
La inteligencia artificial (IA) dejó de ser una promesa de laboratorio para convertirse en un gesto cotidiano. Hoy transforma una fotografía en caricatura, resume documentos, escribe correos y sugiere decisiones. Ese es lo bueno, democratiza capacidades antes reservadas a expertos, acelera procesos y libera tiempo humano para pensar mejor. Bien utilizada, la IA es una palanca de productividad, creatividad y competitividad. No reemplaza el criterio; lo amplifica.
Lo malo aparece cuando confundimos velocidad con valor. La facilidad de uso induce a delegar sin comprender, a publicar sin verificar y a decidir sin contexto. La IA no entiende consecuencias, optimiza patrones. Cuando se adopta sin estrategia, sin métricas de impacto o sin gobierno, multiplica errores a la misma velocidad con la que promete eficiencia.
Y está lo feo, la banalización. Convertir la IA en un truco viral puede invisibilizar riesgos reales, sesgos, privacidad, dependencia cognitiva y erosionar la responsabilidad profesional. No todo lo que se puede automatizar debería hacerse. La fascinación acrítica empobrece el debate y desplaza la pregunta clave: ¿para qué?
La IA exige criterio, propósito y retorno. Usarla bien implica diseñar reglas, medir valor y asumir responsabilidad humana. Porque la verdadera disrupción no está en la herramienta, sino en cómo decidimos emplearla. * El autor es consultor en transformación digital.