Durante años se ha repetido la idea de que los jóvenes ya no quieren leer. Pero el problema no es el estudiante. El mundo cambió. Hoy vivimos en una economía de la atención dominada por estímulos inmediatos, contenido personalizado y respuestas en segundos.
El libro, en cambio, exige silencio, concentración y paciencia. Antes era la puerta principal al conocimiento, hoy compite con experiencias interactivas. Cuando un libro no explica el “para qué” ni dialoga con la realidad del estudiante, se convierte en obligación, no en descubrimiento.
La verdadera brecha no está en el libro, sino en la mediación....