El realismo del poder: cuando apagar el incendio importa más que repartir culpas
La salida forzada de Nicolás Maduro no ha traído calma, ha traído silencio y el silencio en política, nunca es vacío, siempre está lleno de decisiones incómodas.
El problema es sencillo de plantear, Venezuela no está entrando en una transición democrática, está entrando en una transición de emergencia, cuando un edificio se incendia, nadie pregunta quién diseñó los planos, primero se busca quién sabe cerrar el gas.
Ahí comienza el desconcierto ciudadano, ¿Por qué se habla con quienes sostuvieron el sistema?, ¿Por qué no se sientan de inmediato los líderes civiles con legitimidad popular?, la respuesta es dura, pero real: en las transiciones caóticas no manda la razón moral, manda la capacidad operativa.
El poder, en estos momentos, no es un discurso, es una llave, una llave que abre puertos, que libera cuentas, que ordena cuarteles, que detiene balas antes de que se disparen, por eso es por lo que el reconocimiento temprano de figuras del poder residual no es una traición, es un cortafuegos, no se premia su legitimidad, se utiliza su utilidad, aquí aparece la ironía central del proceso, los símbolos no apagan incendios, los operadores sí.
María Corina Machado encarna la esperanza, la calle, la dignidad acumulada, pero también encarna para el poder armado que aún respira, una amenaza existencial, sentarla hoy en la mesa sería como echar gasolina al fuego y pedir diálogo.
Edmundo González representa consenso, moderación, puente civil, pero los puentes no detienen tanques, sirven después, nunca durante el choque, esta transición no es una escena, es una secuencia y confundir los tiempos es la forma más rápida de perderlo todo.
Primero viene el control del caos, se habla con quienes conocen el terreno minado, con quienes pueden ordenar retiradas, con quienes saben dónde están los archivos y quién tiene las llaves. Luego viene el reacomodo, entran técnicos, civiles aceptables, figuras que no provocan pánico ni revancha.
Y solo al final llega la legitimación, con nuevas elecciones, un relato democrático, la política como ejercicio de voluntad popular y no de supervivencia, el pretender saltar esa secuencia es un error emocional es comprensible, pero letal.
En el plano internacional, el escenario es igual de crudo, no asistimos a una victoria del derecho internacional, asistimos a su irrelevancia práctica, la ONU observa, la OEA redacta, las decisiones reales se toman en otra sala.
Regresó el realismo geopolítico, zonas de influencia, cálculo económico, embajadores que actúan más como administradores que como diplomáticos, estamos ante una Doctrina Monroe reciclada, sin romanticismo ni discursos largos, aquí entra el elemento humano, el ciudadano quiere justicia inmediata, quiere ver caer a los responsables, quiere sentir que “los buenos” gobiernan desde el primer día, pero la historia no funciona con deseos, funciona con etapas.
Mi juicio es claro, contundente y hasta incómodo, Venezuela no está siendo liberada, está siendo contenida y eso no es una derrota es una condición previa, la verdadera transición no comienza cuando cae una figura, comienza cuando el país deja de arder.
La solución no es negar el realismo del poder, es entenderlo para superarlo, usar a los operadores para estabilizar, a los civiles para reconstruir y al pueblo para decidir. Primero se apaga el incendio, después se reconstruye la casa y solo entonces se decide quién la habita. Todo lo demás es literatura...
* Abogado, especialista en Organización Política y Campañas Electorales.