El sombrero pintao no es caro si se compra en La Pintada
Cada cierto tiempo aparece la misma excusa: “el sombrero pintao es muy caro”. Con esa frase, muchas personas justifican el uso de las imitaciones del llamado Panama hat, de origen ecuatoriano, o incluso de sombreros de otras tradiciones latinoamericanas en actividades donde se supone que debe representarse la identidad panameña.
El argumento parece práctico: si lo nuestro cuesta más, entonces se usa lo que esté más barato. Pero el problema no es tan simple. Detrás del precio del sombrero pintao hay trabajo artesanal, tiempo, selección de fibras, conocimiento heredado y una economía cultural que pocas veces se mira con justicia.
El sombrero pintao sí ha aumentado de precio en los últimos años, especialmente el auténtico sombrero pintao tradicional. Así lo reconoce el artesano pintadeño Reinaldo Quiroz, conocedor del oficio y vendedor en La Pintada.
Según explica, una de las razones es que cada vez hay menos personas dedicadas a producirlo con la misma continuidad, debido a que el mercado ha mostrado mayor demanda por otras variantes que también son tradicionales y se confeccionan con la misma materia prima del sombrero pintao, aunque no corresponden propiamente al sombrero pintao tradicional.
Entre ellas figuran los sombreros de pintas con vueltas blancas o negras, así como los sombreros de colores. Estos modelos suelen resultar más accesibles y de elaboración menos exigente, mientras que el sombrero pintao tradicional requiere una selección más cuidadosa de la bellota blanca, además de un proceso artesanal más riguroso. Esa diferencia en tiempo, material y dedicación termina incidiendo en el precio final.
Pero de allí a decir que el sombrero pintao es inaccesible hay una gran distancia. Reinaldo Quiroz sostiene que sí existen sombreros para distintos presupuestos. La diferencia está en saber dónde comprar. Si una persona quiere un sombrero pintao a precio más justo, debe ir a La Pintada, en la provincia de Coclé, reconocida como la cuna del sombrero pintao.
Es cierto que esta artesanía se trabaja en distintas regiones del país, pero en La Pintada se concentra una de las mayores tradiciones sombrereras de Panamá. Sus corregimientos, y también algunas áreas limítrofes con Penonomé, conservan familias y comunidades dedicadas a este oficio desde hace generaciones.
Ese dato es importante, porque antes de la división político-administrativa actual no existían fronteras tan rígidas como las entendemos hoy. Había regiones culturales, vínculos familiares y rutas de trabajo compartidas. Por eso, en comunidades cercanas a La Pintada, aunque pertenezcan a Penonomé, también se elaboran sombreros finos, elegantes y de gran calidad. La cultura no siempre obedece los límites del mapa.
Quien visite La Pintada puede encontrar sombreros cualquier día de la semana en el mercado público y en el mercado de artesanías. Allí hay puestos independientes donde se ofrecen
piezas de distintos precios, calidades y estilos. De acuerdo con la referencia de Quiroz, es posible conseguir sombreros cinqueños, es decir, de cinco vueltas, entre 20 y 25 dólares; sombreros de pintas entre 25 y 35 dólares; sombreros sieteros, de siete vueltas, entre 40 y 50 dólares; y sombreros ocheros, de ocho vueltas, entre 55 y 65 dólares. Estos modelos suelen ser los más buscados por turistas y compradores que desean una pieza auténtica sin pagar precios elevados.
Claro está, si la persona busca un sombrero más fino, con más vueltas, mejor selección de fibras y mayor complejidad artesanal, el precio subirá. Y debe subir. No se puede pedir excelencia artesanal al precio de un producto industrial.
Un sombrero pintao fino no aparece de un día para otro. Requiere escoger materiales, preparar fibras, tejer, coser, armar y terminar con cuidado. Cada vuelta significa tiempo. Cada pinta implica técnica. Cada diferencia de color, textura y acabado revela el ojo del artesano.
El problema es que muchas personas comparan precios sin comparar procesos. Ven un sombrero importado barato, comprado en una tienda turística o en una esquina transitada, y lo ponen al lado de un sombrero pintao hecho a mano. Esa comparación es injusta. No se puede medir una artesanía nacional con el mismo criterio de una mercancía producida masivamente o revendida como recuerdo rápido. La pregunta no debe ser solo cuánto cuesta, sino a quién estamos pagando y qué tradición estamos sosteniendo con esa compra.
Aquí aparece otro punto delicado: el revendedor. Muchas veces el sombrero pintao llega al comprador final con un precio elevado porque ha pasado por manos intermedias. El artesano no siempre es quien triplica el precio. El artesano, en muchos casos, está en su comunidad, en su casa, en su portal, trabajando con sus manos. El revendedor está en la zona turística, en la calle concurrida, en el punto donde el visitante compra rápido y sin conocer la ruta de la pieza. Por eso, quien quiera comprar mejor debe acercarse al origen.
Viajar a La Pintada también es una forma de educación cultural. No se trata únicamente de comprar más barato. Se trata de ver de dónde viene el sombrero, conocer a quienes lo hacen, conversar con los artesanos, mirar los materiales, entender por qué una pieza vale más que otra. Esa experiencia enseña más que cualquier vitrina. Allí el comprador deja de ser consumidor pasivo y se convierte en testigo de un oficio.
Quien desee mayor orientación puede visitar el mercado público o el mercado de artesanías de La Pintada y conversar directamente con los artesanos. Allí encontrará distintas opciones, precios y calidades, según el tipo de sombrero que busque. También puede contactar a artesanos locales, como la señora María de Mendoza, al teléfono 6743-9110, una de las tantas personas vinculadas a esta tradición artesanal.
Los medios de comunicación y los creadores de contenido tienen una tarea importante en este punto. Así como muchos videos muestran tiendas turísticas llenas de sombreros que dicen “Panamá”, también deberían mostrar los portales de La Pintada, los mercados
artesanales, las manos que tejen y los rostros de quienes viven de esta tradición. El audiovisual puede ayudar a corregir una idea equivocada: que lo auténtico siempre es inalcanzable. No es así. Lo auténtico tiene precios diversos, pero hay que saber buscarlo.
También corresponde a las instituciones culturales, turísticas y educativas orientar mejor al público. Si queremos que el sombrero pintao sea reconocido como símbolo nacional, debemos crear rutas, campañas, reportajes y espacios de venta dignos que conecten al comprador con el artesano. La defensa de la identidad no puede quedarse en discursos de noviembre. Hacer patria también es comprarle al artesano panameño, pagar con respeto, regalar una pieza nuestra y explicar por qué esa pieza representa al país.
El sombrero pintao no es caro cuando se entiende todo lo que contiene. Es caro, quizá, cuando se compra mal, lejos del artesano, bajo la lógica del revendedor o desde la ignorancia de quien solo mira el precio. Pero cuando se compra en La Pintada, cuando se reconoce el oficio y cuando se valora el proceso, el sombrero deja de ser un gasto y se convierte en una inversión cultural.
Quien se siente panameño de verdad no debería conformarse con cualquier sombrero que diga “Panamá” en una cinta. Debe buscar el sombrero que realmente nace de manos panameñas. Porque hacer patria no es solo desfilar en las fiestas patrias. También es saber qué nos representa, dónde se produce y a quién debemos apoyar para que esa tradición siga viva.
Por Roberto Antonio Pinto Rodríguez y Arturo Coley Graham
Roberto Antonio Pinto Rodríguez es doctor en Ciencias de la Comunicación Social y profesor de la Universidad de Panamá. Arturo Coley Graham es doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y catedrático de la Universidad de Panamá.