Opinión

La indignación no tiene dueño

01 de enero de 2026

Cada vez que ocurre un momento viral de indignación, aparecen voces que intentan deslegitimar esa reacción apelando a otras causas. Acusan a la opinión pública de no indignarse lo suficiente por otros problemas, como si la existencia de injusticias más graves en otros contextos anulara el derecho a quejarse aquí.

Siguiendo esa lógica, las mujeres no podrían reclamar por sus derechos porque en otras partes del mundo enfrentan más restricciones, ni los trabajadores podrían protestar porque en otros países las condiciones laborales son más precarias.

La vara debe mantenerse siempre hacia arriba, no medirse contra quienes están en situaciones peores.

Es cierto que algunas causas responden a intereses ocultos y que no todos los movimientos son espontáneos. Sin embargo, eso no invalida el derecho de las personas a indignarse ni a tomar postura.

Negar ese derecho conduce a una pregunta incómoda pero necesaria: ¿Quién decide qué causas son legítimas? ¿Quién es el dueño de la indignación?