El lenguaje político siempre ha sido un terreno que revela, con más sinceridad de la que muchos admitirían, las jerarquías implícitas de poder. Cuando las contendientes son mujeres, los ataques suelen tomar una ruta común: se les llama niñas, chiquillas, hormonales, etc. La infantilización funciona como arma para restarles legitimidad, como si su participación fuera un favor concedido y no un derecho ganado. La opinión pública está acostumbrada a ese tipo de descalificativos porque “si querían ser reina, que tire besitos”. En contraste, cuando los ataques se dirigen entre hombres hay una complicidad...