Opinión

¿Hay verdaderos independientes?

01 de septiembre de 2026
Antonio Mola Davis

En el contexto de la sociedad y la política panameña, hablar de independencia tiene hoy un significado particularmente oportuno. Cada vez con mayor frecuencia aparecen personas, movimientos y grupos que se presentan ante la ciudadanía bajo las etiquetas de “independientes”, “patriotas” o “ciudadanos preocupados por la patria”. Son palabras atractivas, capaces de despertar simpatías y esperanzas, especialmente entre quienes se sienten decepcionados de las estructuras políticas tradicionales.

El problema comienza cuando la independencia proclamada no coincide con la independencia practicada.

Porque una cosa es declararse independiente y otra, muy distinta, actuar con independencia.

Lo vemos repetidamente en nuestra sociedad. Personas y organizaciones que aseguran no responder a partidos, grupos económicos o intereses particulares terminan dependiendo de quienes los dirigen, financian, promueven o controlan. Cambia el nombre de la organización, cambia el discurso y hasta puede cambiar la bandera, pero la dependencia permanece.

Surge entonces una pregunta inevitable: ¿independientes de quién y de qué?

El pastor luterano y miembro de la resistencia alemana Dietrich Bonhoeffer, durante su encarcelamiento por el régimen nazi, reflexionó sobre un fenómeno inquietante: la facilidad con que el individuo puede renunciar a su capacidad de pensar y terminar sometido intelectualmente a la voluntad del grupo.

Para Bonhoeffer, la estupidez no debía entenderse simplemente como falta de inteligencia. Personas preparadas, profesionales e incluso intelectualmente brillantes pueden abandonar su criterio propio cuando quedan atrapadas por consignas, fanatismos o liderazgos que sustituyen el razonamiento individual.

Ese fenómeno no pertenece exclusivamente a una época ni a un país.

También puede manifestarse en nuestras sociedades modernas cuando la pertenencia a un grupo exige obediencia absoluta; cuando cuestionar al dirigente se considera traición; cuando los hechos dejan de importar porque contradicen la narrativa adoptada, o cuando defender una posición se convierte en obligación, aunque interiormente sepamos que está equivocada.

Y allí comienza a desaparecer la verdadera independencia.

Un ciudadano independiente no es aquel que simplemente carece de inscripción en un partido político. Independiente es quien conserva la libertad de cuestionar incluso a aquellos con quienes coincide; quien puede reconocer un error propio y un acierto del adversario; quien coloca sus principios por encima de las conveniencias y el bien común por encima de las lealtades personales.

Por eso debemos hablar también de los líderes.

Existe una conocida metáfora según la cual un ejército de ovejas dirigido por un león puede resultar más poderoso que un ejército de leones dirigido por una oveja. La imagen resume el extraordinario poder del liderazgo para organizar, inspirar y conducir a un grupo (Alejandro Magno, Conquistador)

Pero ese poder también tiene su lado peligroso.

Un líder capaz puede transformar a sus seguidores en una extraordinaria fuerza para alcanzar objetivos comunes. Sin embargo, cuando ese liderazgo responde a agendas privadas, intereses particulares o incluso influencias externas, esa misma capacidad puede convertirse en instrumento contrario al bien colectivo.

En esos grupos, tener criterio propio, principios firmes o capacidad para disentir puede transformarse paradójicamente en un inconveniente. El buen seguidor será entonces aquel que obedezca, repita y defienda; nunca aquel que pregunte.

Y una sociedad democrática necesita precisamente ciudadanos que pregunten.

Panamá requiere nuevas voces, nuevas generaciones y nuevas formas de participación ciudadana. La independencia política puede ser saludable y necesaria, especialmente cuando surge como alternativa frente al desgaste de estructuras tradicionales. Pero debemos cuidarnos de confundir lo nuevo con lo independiente.

Cambiar de nombre no garantiza cambiar de conducta.

Presentarse sin bandera partidista tampoco garantiza ausencia de intereses.

Y proclamarse independiente no convierte automáticamente a nadie en independiente.

La verdadera independencia comienza cuando somos capaces de pensar por nosotros mismos, disentir de nuestros propios dirigentes y mantener nuestros principios aun cuando hacerlo resulte incómodo.

Por eso, quizás la pregunta que deberíamos hacer a quienes se presentan ante nosotros como independientes no sea solamente de quién se independizaron.

Deberíamos preguntarles también: ¿de quién dependen ahora?

Porque no siempre un rebaño de ovejas es dócil e inofensivo.

Todo dependerá de las intenciones del pastor, de sus objetivos... y de hacia dónde decida conducirlo.

* El autor es comentarista de opinión.

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