El hijo que ocupa el lugar de la pareja ausente
En la actualidad, resulta muy difícil sostener una relación de pareja sana. Fundamentalmente por el estilo de vida que nos vende la sociedad. Por un lado estancado y por el otro caótic
Los problemas para llevar adelante una relación son muchos. Desde la constitución estructural de la pareja, pasando por la cotidianeidad, hasta finalmente su disolución (contando el proceso tenaz y traumático que conlleva). Ante esto, algunas personas ven en sus hijos una salida social y políticamente correcta.
En ese caso, el rol del consorte ausente es suplido por el hijo más maduro, o en su defecto, el único que haya. Ver a los hijos como una tabla de salvación ante los vacíos afectivos de una ruptura, es contraproducente. Si una persona no ha sanado el conflicto amoroso, puede trasladarlo de su pareja a la progenie. En sentido positivo, como reemplazo emocional. En sentido negativo, para cargarle todas sus frustraciones y disgustos.
De cualquier forma, ambos pierden. El daño en la pareja se extiende a toda la familia. El padre no sana en su interior, ni le permite al hijo vivir sus propias experiencias y desarrollarse como persona. El joven podría crecer replicando los sentimientos negativos de sus padres en sus respectivas parejas. A este punto, el daño se vuelve generacional y nadie sana.
* Psicólogo.