Cuando la academia sale al rescate
El sismo nos recuerda que las universidades no solo forman profesionales: también forman esperanza, solidaridad y capacidad de respuesta.
Hemos visto a estudiantes en formación de Medicina, Enfermería, Psicología y Trabajo Social salir de las aulas para convertirse en apoyo, escucha y alivio para las comunidades afectadas. La Universidad Autónoma de Chiriquí, aun enfrentando sus propias necesidades, ha movilizado buses repletos de donación en alimentos y medicamentos pero también de expertos que hoy constituyen un brazo auxiliar para las instituciones gubernamentales. Esta es la universidad que el país necesita: comprometida con la realidad social, capaz de transformar el conocimiento en servicio y la academia en acción.
La salud pública no puede limitarse a atender heridas visibles. La salud física y mental están profundamente entrelazadas; invertir en prevención, acompañamiento psicológico y resiliencia comunitaria es también reducir sufrimiento.
Innovar académicamente significa formar profesionales competentes, pero también seres humanos altruistas, capaces de tender puentes donde hay miedo, ofrecer oportunidades donde hay incertidumbre y convertirse en auxilio donde existe desesperanza.
Como docentes, tenemos el deber de enseñar a servir, incluso antes de graduarse.
Quien invierte en las universidades invierte en el país. Y quien educa para servir, prepara a una sociedad para levantarse, incluso después del más fuerte de los movimientos