Hemos confundido la libertad de expresión con el derecho a destruir a otros.
En las redes sociales, señalar, insultar, ridiculizar y exponer se ha convertido en entretenimiento. Autoridades, políticos, funcionarios y padres pueden cometer errores; pueden ser cuestionados y, por supuesto, deben responder por sus actos. Pero detrás de cada uno existe una historia, una familia, un hijo, un nieto y, muchas veces, menores que también reciben el impacto de esa violencia.
Hoy, además, la inteligencia artificial puede multiplicar el daño. Una imagen manipulada, un audio falso o una publicación fabricada...