Cultura

Cuando el patrimonio se convierte en adorno

17 de agosto de 2026

La imagen puede engañar. Una cartera hecha con un sombrero pintao partido en dos puede parecer “creativa” a primera vista, sobre todo cuando circula en redes sociales, recibe elogios rápidos y se presenta como una ocurrencia vistosa. Pero no todo lo que luce bien ante una cámara es respetuoso con la cultura. Hay objetos que no deben tratarse como simple material decorativo, porque cargan memoria, técnica, territorio y dignidad artesanal.

El sombrero pintao no es un accesorio cualquiera. En 2017, la UNESCO inscribió los procedimientos y las técnicas artesanales de obtención de fibras vegetales para talcos, pintas y crinejas del sombrero pintao en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Aunque ese reconocimiento protege principalmente el saber hacer —la obtención de fibras, el tejido, las crinejas, las pintas, los talcos y la transmisión del conocimiento artesanal—, ello no significa que el objeto terminado pueda tratarse como simple materia prima para cualquier ocurrencia visual. El sombrero concentra ese saber. Por eso, cortarlo o fragmentarlo para convertirlo en otro producto no es un acto inocente, pues puede vaciar de dignidad cultural una pieza que representa memoria, territorio y oficio.

Por eso duele ver una pieza patrimonial transformada de manera arbitraria en un objeto de moda. No se trata de rechazar toda innovación ni de impedir que la artesanía dialogue con nuevos usos. El problema está en otra parte: en tomar una pieza terminada, construida con paciencia, oficio y sentido cultural, para alterarla como si fuera un insumo cualquiera. Eso no es diseño respetuoso. Tampoco es salvaguardia. Es una señal de cómo el mercado puede convertir el patrimonio en adorno y de cómo las redes pueden celebrar algo sin detenerse a pensar en lo que se está dañando.

El audiovisual tiene mucho que ver con esta discusión. Durante décadas, el sombrero pintao ha acompañado la imagen de Panamá en la televisión, los documentales, los festivales, los reportajes, los concursos, los videos turísticos, las transmisiones folclóricas y las presentaciones internacionales. Aparece junto a la pollera, en bailes regionales, delegaciones culturales y escenas en las que Panamá se muestra ante el país y ante el mundo. Cuando una cámara registra esa presencia, el sombrero deja de estar solo en la cabeza del bailarín, del músico o del campesino: entra en la memoria visual de la nación.

La Pintada, reconocida como cuna del sombrero pintao, ocupa un lugar central en la preservación y proyección de esta tradición, aunque hoy su elaboración se extiende a distintas regiones del país. Allí se celebra el Festival Nacional del Sombrero Pintado, que constituye una vitrina destacada para exponer el valor cultural, técnico y simbólico de esta pieza. A ello

se suma el papel del Festival Nacional de la Pollera, en Las Tablas, donde el sombrero pintao aparece en desfiles, presentaciones y concursos como parte del conjunto visual que acompaña a la pollera y al vestido tradicional masculino. Desde hace varias décadas, además, el concurso de sombrero pintao dentro de ese festival ha reforzado su visibilidad y reconocimiento. Para el público extranjero, estas imágenes suelen ser una primera aproximación a la cultura panameña; para el público nacional, pueden convertirse en una oportunidad de aprendizaje, siempre que los medios expliquen lo que se está viendo y no lo reduzcan a mero colorido o simple decoración.

En 2013 realizamos el documental Sombrero pinta’o, un trabajo dedicado, precisamente, a mostrar el valor del proceso artesanal. Con esa producción obtuvimos el Premio de Prensa Fernando Eleta Casanovas 2013, en la categoría de periodismo televisivo “Patrimonio Cultural”. Lo importante de aquella experiencia no fue solo recibir un reconocimiento, sino comprender que la cámara puede cumplir una función cultural más profunda: mostrar el trabajo antes que el producto, las manos antes que la vitrina, la técnica antes que el aplauso. El documental permitió mirar el sombrero desde su origen, no como mercancía final, sino como resultado de una relación entre artesano, fibra, conocimiento, tiempo y comunidad.

Esa es la responsabilidad del audiovisual cuando se acerca al patrimonio. No basta con grabar una pieza bonita, ponerle música emotiva y subirla a una plataforma. Hay que explicar qué se está viendo. Hay que nombrar a quienes producen. Hay que mostrar el territorio. Hay que distinguir entre creación legítima y uso irrespetuoso. Si los medios solo celebran lo llamativo, pueden terminar empujando la cultura hacia la banalización. Si educan la mirada, en cambio, pueden ayudar a protegerla.

Aquí el llamado debe ser claro. El Ministerio de Cultura, las instituciones competentes, las autoridades del distrito de La Pintada, los municipios, los gestores culturales, los festivales, los medios, los propios artesanos y nosotros mismos debemos hablar con más firmeza sobre el uso responsable del sombrero pintao. No basta con decir que es patrimonio de la humanidad. La UNESCO reconoce, pero no cuida por nosotros. La inscripción internacional no reemplaza la conciencia nacional. El patrimonio se defiende en la práctica diaria: en cómo se enseña, se vende, se filma, se exhibe, se transforma y se respeta.

También corresponde diferenciar entre aprovechar retazos de fibras, crinejas o materiales para elaborar recordatorios, abanicos, carteras, accesorios u objetos derivados, y destruir una pieza completa para transformarla en otra cosa. Crear desde el oficio puede dialogar con la artesanía; intervenir un sombrero terminado y presentarlo como novedad, en cambio, corre el riesgo de convertir el símbolo en una ocurrencia.

La industrialización cultural suele empezar así: con pequeños gestos que parecen inofensivos. Primero se altera una pieza “porque se ve linda”. Luego se imita de forma más barata. Después se produce en serie. Finalmente, el público olvida la diferencia entre una artesanía

con historia y un objeto decorativo sin raíz. Cuando eso ocurre, pierden los artesanos, pierde el territorio y pierde Panamá.

El sombrero pintao, como todas nuestras artesanías, merece cámaras, documentales, reportajes, fotografías, transmisiones y plataformas digitales. Pero merece, ante todo, respeto. No debe entrar en el audiovisual como utilería disponible para cualquier capricho visual, sino como patrimonio vivo, como expresión del trabajo de manos panameñas, como saber heredado y como testimonio de una nación que aún tiene el deber de aprender a cuidar mejor lo suyo.

No todo lo que se vuelve viral honra la cultura. A veces la reduce. Y, cuando una pieza patrimonial se destruye para convertirla en un objeto de moda, no solo se altera una artesanía: se hiere una parte de la memoria que muchos artesanos han tejido durante generaciones.

Autores: Roberto Antonio Pinto Rodríguez y Arturo Coley Graham

Roberto Antonio Pinto Rodríguez es doctor en Ciencias de la Comunicación Social y profesor de la Universidad de Panamá. Arturo Coley Graham es doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y catedrático de la Universidad de Panamá.

Contenido Patrocinado
TE PUEDE INTERESAR