¿Qué pasa actualmente con la mina y el mineral extraído?
Se los voy a decir alto y claro, les guste o No. Panamá se encuentra en un momento histórico donde la pasión política y el ruido de las consignas han desplazado, peligrosamente, al rigor científico. Es urgente hablar con claridad sobre una realidad que se ha omitido deliberadamente en el debate público: el estado de millones de toneladas de material mineral que ya fueron removidas del subsuelo. Este material no es una abstracción estadística; es una realidad física que hoy reposa sobre nuestra superficie y que exige una respuesta inmediata, alejada de sesgos ideológicos. Cuando un mineral es extraído, rompe su equilibrio milenario con la corteza terrestre. Al quedar expuesto al oxígeno, al agua de lluvia y a las variaciones térmicas de nuestro trópico, se activan procesos químicos inevitables. El material comienza a oxidarse y a deteriorarse. En el mundo de la ingeniería ambiental, sabemos que el tiempo es el peor enemigo de un mineral expuesto: lo que hoy es una roca estable, mañana puede convertirse en un pasivo ambiental crítico si no se gestiona mediante procesos técnicos controlados. Existe una narrativa, quizás bien intencionada pero profundamente errada, que sugiere que “dejar las cosas como están” es la mejor forma de proteger la naturaleza. La ciencia nos dice lo contrario. El abandono no es protección; ¡el abandono es negligencia! Cuando el material permanece expuesto durante años sin un manejo técnico, el riesgo de drenajes ácidos y degradación de suelos aumenta exponencialmente. Por lo tanto, el procesamiento controlado del mineral que ya ha sido extraído no debe verse como una continuación de la explotación, sino como una medida esencial de mitigación y cierre responsable. Procesar este material permite estabilizar los residuos bajo condiciones de ingeniería diseñadas específicamente para reducir riesgos a largo plazo. Es, en esencia, transformar una amenaza potencial en una situación controlada. Actualmente, bajo el Plan de Preservación y Gestión Segura, la auditoría técnica está evaluando estos escenarios. La pregunta que la sociedad panameña debe hacerse no es política, sino profundamente práctica y ética: ¿Cuál es la forma más responsable de manejar lo que ya extrajimos? La realidad física no se altera por decretos, ni por tendencias en redes sociales, ni por la intensidad de una protesta. El comportamiento químico de los minerales seguirá su curso natural, ignorando por completo nuestras divisiones ideológicas. Por ello, la verdadera defensa del ambiente no radica en la oposición sistemática a cualquier actividad técnica, sino en la exigencia de soluciones informadas. Ser un ciudadano responsable implica reconocer que el material ya está allí y que ignorarlo solo garantiza que el problema crezca. Debemos transitar de la apatía infundada por el desconocimiento hacia un estado de participación neutra y analítica. Defender el patrimonio natural de Panamá no significa gritar más fuerte una consigna; significa entender que la protección ambiental a veces requiere intervenciones técnicas complejas para evitar crisis mayores. No podemos permitir que el miedo o la desinformación dicten el destino de nuestros ecosistemas. Panamá merece y necesita un debate basado en la ciencia y la responsabilidad. El caos solo genera más caos. Es momento de que la sociedad civil, los especialistas y las autoridades se alineen con la realidad del terreno. Gestionar correctamente lo que ya existe es el primer paso para demostrar que somos una nación capaz de resolver sus problemas con madurez, transformando un conflicto en una solución técnica sostenible para todos. * Biólogo.