La factura que nadie usa y todos botan
Sigo sin entender por qué, en plena era digital y con tantas campañas de concienciación, todavía hay personas que insisten en imprimir la factura al recargar la tarjeta del Metro, aun sabiendo que no la van a utilizar. No sé si se trata de una acción automática, simple inercia o falta de atención al momento de usar la máquina, pero ese detalle, que parece insignificante, se ha convertido en un problema cotidiano. El verdadero fondo del asunto no es la impresión del recibo en sí, sino lo que ocurre después. Las máquinas terminan repletas de tickets abandonados, acumulados sin ningún propósito, generando un mal aspecto, atentando contra la higiene y rompiendo con los principios básicos de la llamada “Metrocultura”, esa que tanto se promueve en altavoces y campañas visuales. Basta con caminar por las estaciones para notar cómo los comprobantes se amontonan en el piso o sobresalen de las máquinas, a pesar de que, a pocos pasos, hay botes de basura disponibles.
El mensaje se repite constantemente por los parlantes, pero parece no tener efecto muchos escuchan, pocos atienden y casi nadie cambia el hábito. * Periodista.