El turismo religioso florece en la Ciudad Vieja de Jerusalén
Atravesar las callejuelas de la Ciudad Vieja de Jerusalén es recorrer la cuna donde convergen tres de las religiones más importantes del mundo, al albergar en sus muros los barrios cristiano, judío y musulmán.
Con el inicio de junio y los primeros asomos del calor estival, los viajeros de diversas partes del mundo comienzan a colmar sus calles. Entre ellos, una gran mayoría de peregrinos católicos avanza conmovida, dejándose guiar por el eco de las oraciones que resuenan al cruzar el umbral de la Basílica del Santo Sepulcro, el sagrado epicentro donde la tradición sitúa la unción del cuerpo de Jesús y el hallazgo de su tumba vacía.
Hay un olor en el ambiente, una mezcla de incienso, velas, frío y algo que no somos capaces de explicar con palabras, pues muchos, al poner un pie adentro, empiezan a llorar. Sienten que la piel se les eriza y, al escuchar los rezos ortodoxos y las liturgias de los frailes custodios del Santo Sepulcro, creen estar en la presencia del Señor Jesucristo.
Son apenas unos pasos de distancia los que separan un emblema sagrado de otro, mientras a su alrededor diferentes denominaciones hacen lo propio en mezquitas, sinagogas y templos. Este transitar de personas por laberintos antiguos, hoy vigilados y señalizados, convive con el bullicio de comercios que ofrecen desde velas y rosarios hasta imanes de nevera. Aunque el viaje evoca los pasos que Cristo recorrió hace más de dos mil años, el visitante de hoy siempre busca un recuerdo tangible para plasmar su fe.
Más allá de las diferencias religiosas, culturales y políticas que caracterizan a Jerusalén, el constante flujo de peregrinos y visitantes demuestra cómo la fe, la historia y el patrimonio continúan reuniendo a personas de distintos rincones del mundo. En estas calles milenarias, el turismo religioso se convierte también en una oportunidad para el encuentro, el respeto mutuo y el conocimiento de tradiciones que han marcado la historia de la humanidad.