No hay patria verdadera cuando el trabajo no alcanza para vivir con dignidad. Un país no se sostiene con banderas, himnos o discursos, sino con la capacidad real de su gente para cubrir lo básico sin humillación ni angustia.
Cuando millones de trabajadores madrugan, producen y sostienen la economía, pero aun así viven al borde de la pobreza, el problema deja de ser solo económico y se convierte en una crisis moral y política.
Podemos afirmar que la dignidad no es un privilegio ni una recompensa, sino un derecho humano elemental que debe garantizarse con salarios suficientes y políticas públicas...