Opinión

Panamá y China: Nueve años y la diplomacia de los perros rabiosos (Parte 2)

27 de julio de 2026

Ciudad de Panamá, PANAMÁ. A pesar de las múltiples percepciones erróneas que tiene China sobre Panamá, su conocimiento sobre la matriz de seguridad económica nacional es muy preciso. En respuesta al fallo de inconstitucionalidad del contrato de concesión de los puertos de Balboa y Cristóbal, emitido el pasado 29 de enero, China no sólo señaló de manera oficial que éste “es jurídicamente absurdo, lógicamente defectuoso, y absolutamente ridículo”, sino que de manera no-oficial, Hu Xijin, reconocido propagandista político, tituló una de sus columnas “Un nuevo desafío para China: Cómo lidiar con un perro distante y rabioso como Panamá”. Y es que según Hu, “Panamá, repentinamente, ha pasado de ser un socio comercial para convertirse en un perro de caza malicioso al servicio de los Estados Unidos”.

En el 2017, la decisión personalista de establecer relaciones diplomáticas con China incorporó a Panamá en un esquema conocido en relaciones internacionales como “relación triangular”. Esta decisión transformó la política exterior panameña, que hasta entonces ejecutaba una estrategia de “cobertura” (hedging), basada en tres pilares: seguridad con EE.UU., diplomacia y cooperación técnica con Taiwán, y comercio con China. En esta estrategia, un Estado mediano o pequeño evita alinearse de forma tajante o comprometerse con una sola potencia, diversificando sus riesgos. De este modo, debido a la negligente gestión de la soberanía istmeña y la neutralidad del Canal de Panamá, el país se ha convertido en un “Estado tapón” (buffer state), un territorio donde las presiones de dos potencias, China y EE.UU., chocan directamente y paralizan la toma de decisiones interna, lo que agrava la parálisis institucional por la que atraviesa el país.

La consecuencia inevitable de haber dilapidado el hedging sin una hoja de ruta clara es la vulnerabilidad estratégica. Las recientes represalias contra los buques de bandera panameña —bajo el velo de rigurosas inspecciones en puertos chinos— son el primer síntoma grave de la asimetría real de esta relación. Beijing utiliza su músculo económico para castigar las decisiones judiciales de un Estado soberano. Como le advertí al gobierno nacional y al sector privado, las medidas de retorsión chinas serían: (1) activar mecanismos legales contra MSC y Maersk, (2) oponerse a renovar el Acuerdo Marítimo, (3) incrementar las inspecciones y detenciones de buques de bandera panameña, (4) de-registrar un % importante de naves de capital chino del registro panameño, (5) prohibirle a Panamá la prestación de servicios consulares marítimos en Shanghái y Guangzhou, (6) imponer obstáculos a las exportaciones chinas hacia la ZLC, (7) imponer aranceles de importación a productos panameños, entre otros.

Panamá no puede permitirse el lujo de ser una ficha de cambio en la disputa por la hegemonía del siglo XXI. Romper el cerco del “Estado tapón” requiere abandonar la diplomacia reactiva e improvisada. El país debe reconstruir urgentemente una política exterior institucional de verdadero equilibrio armónico, redefiniendo sus líneas rojas sin ceder a la extorsión comercial de Pekín. De lo contrario, la soberanía istmeña continuará erosionándose entre la retórica del garrote y la diplomacia de los perros rabiosos.

*El autor es politólogo, sinólogo, y consultor de riesgo estratégico. Fue diplomático en China, y miembro del equipo negociador del Acuerdo Marítimo entre ambos Estados.

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