Panamá corre... pero ¿hacia dónde?
En Panamá nos acostumbramos a vivir con prisa: “voy rapidito”, “no hay tiempo”, “ya se me hizo tarde”. Comemos en el auto, trabajamos frente a los hijos, divagamos en el “que pasará mañana” y convertimos el cansancio en una medalla de productividad. Pareciera que descansar se volvió un lujo y detenernos, una culpa. Pero el cuerpo y la mente pasan factura.
La ansiedad y el burnout ya no pueden entenderse únicamente como problemas individuales. Son fenómenos que impactan la salud pública, la productividad, las relaciones familiares y laborales, el rendimiento académico y la calidad de vida. La ansiedad secuestra nuestra atención, deteriora la concentración y la memoria, altera el sueño y mantiene al individuo en una permanente anticipación del futuro. Es vivir mañana mientras perdemos el presente.
A este escenario se suman los tranques, las dificultades económicas, el pluriempleo, la privación de sueño, las sustancias psicoactivas y una cultura digital que nos exige parecer exitosos, felices y perfectos.
¿Quién está interviniendo antes de que la crisis ocurra?
Los primeros auxilios psicológicos, la psicoeducación y la intervención temprana deben llegar a empresas, escuelas e instituciones públicas.
El psicólogo no puede aparecer únicamente cuando el trabajador colapsa, el estudiante abandona o la familia ya no sabe qué hacer. Panamá necesita dejar de normalizar el agotamiento.
Porque una sociedad que sacrifica su salud mental para poder funcionar, tarde o temprano, deja de funcionar.
La pregunta no es si necesitamos más psicología. La pregunta es ¿cuánto nos está costando no tenerla?