Helena con H
En el mercado de Santa Rosa en Penonomé, se encontraba Helena, haciendo algunas compras pendientes antes de ir a casa, se perdía entre la multitud, afanada en encontrar los vegetales más frescos; fue entonces que un susurro a su espalda le dijo “ te sugiero que lleves las amarillas”, refiriéndose a los pimentones. Ella volteo la mirada y era un hombre maduro que la observaba atentamente.
Ambos se observaron, como quien ve a una amistad que tenía tiempo de no ver, por un momento una leve sonrisa y una sensación inquietante, que parecía que fuera amor a primera vista. Ese primer momento fue como una brisa de verano, como aquellas que soplan con fuerza en el interior del país. Hubo algo, sin duda.
Intercambiaron números, cada charla, cada risa, esas notas de voz, despertaban esas ganas de volverse a encontrar. Lo cierto es que eran dos desconocidos, amigos que disfrutaban cada instante que desafiaba el miedo o el qué dirán. El día llegó, bajo un cielo torrencial y sin tregua, bajo un paragua, volvieron a saludarse sus almas, se desnudarnos sus miradas, sus besos.
“Cuando hay presencia no existe el ego”, y así fue, Esteban volvió a tomar la mano de Helena, y ella se refugió en su pecho, entendiendo que esa amistad había traspasado los límites. Amor, si...un romance clandestino, quizás, lo que si estaban seguros era, que lo que había nacido como un leve soplo, hoy era una tormenta de pasión, absoluta y eterna.