El abogado y el carnicero
Un carnicero entró corriendo al despacho de un conocido abogado, visiblemente molesto. Sin rodeos, le planteó una consulta rápida desde la puerta:
—Licenciado, si un perro entra a mi carnicería y se roba un filete de tres kilos, ¿tengo derecho legal a exigirle al dueño del animal que me pague el valor exacto de la carne?
El abogado, sin levantar la mirada de sus expedientes, respondió con absoluta serenidad y aplomo:
—Por supuesto. La responsabilidad civil es impecable: el dueño del animal está obligado a responder por los daños y perjuicios causados. ¿Cuánto valía ese filete?
—Valía exactamente cincuenta dólares —respondió el carnicero con una sonrisa de victoria—. Y casualmente, licenciado, ¡el perro que se llevó la carne fue el suyo!
El abogado no se inmutó. Mantuvo la compostura, sacó un billete de cincuenta dólares y se lo entregó al carnicero sin objeción alguna. El carnicero, sintiéndose la persona más astuta del pueblo por haber superado al mejor litigante de la zona, tomó el dinero y se retiró triunfante.
Tres días después, el carnicero encontró una carta formal con el sello del despacho jurídico CON una factura detallada:
Honorarios por consulta jurídica profesional: 250 dólares.
Abono recibido en especie/efectivo: -50 dólares.
Saldo total pendiente de pago: 200 dólares.
Esta clásica anécdota se recuerda en cada día del abogado para ilustrar una verdad fundamental, nunca subestimes a quien dedica su vida a dominar las reglas del juego.