Desilusión colectiva
María Teresa Patiño Amor
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Las declaraciones del cuestionado magistrado Harry Díaz me hacen preguntarme ¿cuánto más bajo puede caer la justicia y la credibilidad en nuestros órganos del Estado? Eso de las misiones y visiones de las empresas y entidades es una utopía. En el caso de la Corte Suprema de Justicia los valores institucionales que pregona, además, riñen con la realidad: integridad, efectividad, transparencia y rendición de cuentas. ¡Ja!
La esperanza de ver cambios con la elección de nuevos magistrados, dio al traste con la reelección del también muy criticado presidente reelecto. Ese “respeto a la Constitución y las leyes de la República, la protección de las libertades y garantías ciudadanas, la convivencia pacífica y la defensa de los valores esenciales de la democracia” no se cumplen, menos aún el propósito de “la construcción de un futuro de paz y prosperidad para la Nación”. La crisis de la justicia no es de ahora; diferentes protagonistas y la desvergüenza de siempre. Todos deberían renunciar para dar lugar a una depuración. Se necesita adecentar a los tres órganos del Estado, salpicados por la percepción de corrupción que parece no tener fin. Hay que hacer algo para devolver la confianza a quienes vivimos una desilusión colectiva con tantas noticias que no paran de involucrar, hasta a las nuevas, autoridades. Personal de todo nivel de la Asamblea, la Corte y el Ejecutivo es acusado de delitos, muchos tan preocupantes como de narcotráfico, que instalado en el entramado de poder puede dar paso a un periodo oscuro en nuestra historia, que hemos visto con fatales consecuencias en la de nuestros vecinos. Nunca antes el país había estado en peores condiciones. La corrupción parece un mal endémico. Lo que se ventila en los medios puede llevar a una situación de inestabilidad que termine en ingobernabilidad. Así como en la FIFA se vislumbró la efectividad de un sistema, para aplicar justicia, esperemos acá, haya una oportunidad de reformas para un real equilibrio de los poderes, en que se pueda juzgar la conducta de quien sea responsable sin importar su cargo. Luchemos por una real independencia para evitar el “tú me juzgas, yo te juzgo”, el intercambio de favores y esas prácticas nocivas que conducen a la impunidad. Estamos pagando el precio de la falta de valores en el seno de las familias y la de reformas constitucionales que bosquejen un nuevo y mejor Estado. ¡Cuánta demora en corregir el rumbo! ¡Qué decepción!
*La autora es comunicadora social.