Una exposición muestra paso de Berlín de austera capital a metrópolis moderna
EFE | Los Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica honran un capítulo de la historia del arte que vio en Berlín el paso de austera corte guillermina a legendaria metrópolis moderna, a través de la fascinación que sintieron los pintores belgas por el compromiso político de las vanguardias alemanas.
Como parte de las conmemoraciones por el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial, la exhibición "Berlín, 1912-1932", abierta al público en Bruselas hasta el 27 de enero, cuenta con más de 200 obras que cristalizan los extremos y tensiones de una Europa al borde de la ebullición.
Una puesta en escena que discurre en torno a grandes ejes cronológicos, como los primeros brotes de las vanguardias previas a la Primera Guerra Mundial, la agitación revolucionaria que siguió a la contienda y la consiguiente formulación de "nuevas utopías sociales".
La exhibición concluye con la crisis en ciernes que inundó los renovadores círculos artísticos berlineses y prefiguró su posterior oprobio como "arte degenerado" por el régimen nazi.
A través de artistas como Otto Dix, Raoul Hausmann, Max Beckmann, Kazimir Malévich o George Grosz, la exposición nos traslada asimismo a un momento de intenso interés para los artistas belgas por las vanguardias que se daban cita en Berlín, atraídos por su fuerte compromiso político y aspiraciones de aliento renovador, según ha podido comprobar el museo a través de cientos de cartas y documentos de la época.
"Los artistas belgas del momento ya se debatían entre la cultura de inspiración romana y la germánica", aprecia en declaraciones a Efe la comisaria de la exposición, Inga Rossi-Schrimpf, aunque el gran detonador de este intercambio artístico es, "al contrario de lo que podría pensarse, la invasión alemana y la guerra".
Un intercambio especialmente marcado por las corrientes artísticas que rodean a la revolución de noviembre de 1918 en Alemania, que hicieron de Berlín principal punto de encuentro entre vanguardias occidentales y las surgidas en Europa del Este y Rusia.
Entre ellas, movimientos como el dadaísmo, el neoplasticismo, el constructivismo de los rusos Naum Gabo o Vladímir Tatlin, el suprematismo de Kazimir Malévich o El Lissitzky, o el expresionismo local del Novembergruppe ("Grupo de Noviembre"), entre los que figuraban pintores como Dix, Grosz, Hausmann, Scholz y Schlichter, pero también arquitectos como Ludwig Mies van der Rohe.
La exposición busca rescatar un capítulo de la historia en que, según su comisaria, la capital alemana pudo percibirse como un "símbolo de renovación", en un momento de entreguerras donde "todo parecía posible" y donde reinaba "una escala de grises" que pronto se tornaría negra.
Una imagen que artistas belgas se ocuparon en retratar, desde ambos lados de la frontera, a través de temas recurrentes como el estraperlo, el auge de la flamante burguesía alemana, los nuevos roles sociales de la mujer de posguerra y, especialmente, los populares cabarés, fuelles que hinchieron de humor y erotismo la vida nocturna de Berlín.
"Queríamos reflejar un aspecto de la historia del arte muy poco conocido en Bélgica" y con fuertes paralelismos con la historia actual belga, en temas "como el debate (sobre la despenalización completa) del aborto o percepciones sobre los desafíos que enfrentamos".
En definitiva, la exposición busca "animar el debate y la reflexión sobre, como ocurrió entonces en Alemania, la necesidad de combatir y defender una libertad y una democracia que, de otra manera, peligra", concluyó Rossi-Schrimpf.
La muestra cuenta con obras de cerca de 50 museos y colecciones privadas de todo el mundo, entre ellos el madrileño Museo Thyssen-Bornemisza, que se decidió a prestar un cuadro de Grosz y también de la famosa serie de composiciones geométricas "Proun" (1919), de Lissitzky.
"Proun", un acrónimo de las palabras rusas "PROyect Utverzhdenia Novogo (Proyecto para la Afirmación de lo Nuevo)", constituye "precisamente ese nuevo mundo esencial para la exposición", apuntó la experta, quien lamenta no haber conseguido que la pinacoteca española no le prestara la obra cumbre de Grosz, la paradigmática "Metrópolis" (1916-17).