La pollera en la memoria visual de Panamá
La pollera de labores no es solo un vestido hermoso. Es una de las imágenes más poderosas de la identidad panameña. En sus labores, joyas, tembleques, mundillos, encajes, peinetas y movimientos se condensa una parte importante de la memoria cultural del país. Por eso, cuando la pollera aparece en una pantalla, no entra como simple vestuario: entra como símbolo nacional.
Durante décadas, la televisión, el cine, la prensa, los certámenes internacionales, los festivales y las delegaciones folclóricas contribuyeron a que la pollera circulara más allá de los pueblos, los desfiles y las fiestas tradicionales. La pollera ya tenía valor antes de las cámaras, porque nace de una tradición viva, de saberes artesanales y de familias, regiones y comunidades. Pero los medios audiovisuales ayudaron a proyectarla como una de las imágenes más reconocibles de Panamá ante el mundo.
Uno de los momentos más significativos ocurrió en Miss Universo 1986, realizado en Panamá. En ese certamen, la representante panameña Gilda García López lució una pollera de labores negras y obtuvo el premio al mejor traje típico. Aquello no fue solo un triunfo en un concurso de belleza. Fue un instante mediático en el que Panamá presentó su identidad cultural ante una audiencia internacional. La televisión convirtió aquella pollera en una imagen global. No era únicamente una candidata caminando sobre un escenario; era un país mostrando una de sus expresiones más refinadas de tradición, trabajo manual y orgullo nacional.
Esa ruta de proyección tampoco comenzó allí. Mucho antes de la era digital, el cine ya había ofrecido espacios para que la imagen típica panameña circulara en América Latina. La película mexicana Llamas contra el viento, de 1956, forma parte de esas referencias tempranas en las que pueden observarse elementos del folclore panameño en pantalla, entre ellos, la pollera y el montuno ocueño. Este dato merece seguir documentándose con mayor precisión, pero abre una lectura importante: Panamá también empezó a ser visto y reconocido, mediante sus vestuarios tradicionales, en el cine latinoamericano.
Luego vendría la televisión con una fuerza mayor. Los conjuntos folclóricos, las delegaciones culturales, las reinas, los desfiles patrios, las fiestas regionales y los concursos nacionales llevaron la pollera a los hogares panameños. Muchas personas no conocieron primero la pollera en un museo ni en una investigación académica, sino en una transmisión televisiva, en una fotografía de prensa, en una cobertura especial o en una presentación artística.
En ese proceso, el Carnaval tableño, el Festival de la Pollera y el Festival Nacional de la Mejorana fueron vitrinas fundamentales. A través de las transmisiones televisivas, estos escenarios permitieron que la pollera se mostrara no solo como prenda ceremonial, sino como parte de una cultura viva: música, canto, tambor, tuna, paseo, reina, abanderadas, delegaciones y pueblo. Las cámaras no solo registraban el colorido; muchas veces, los presentadores explicaban detalles, nombraban variantes y hablaban de labores, joyas, tembleques y formas de portar la pollera. Esos comentarios también educaron al público. Ayudaron a que muchas personas aprendieran a mirar la pollera con más atención y respeto.
En esa misma línea, debe reconocerse el aporte del magíster Eduardo Cano Espino, investigador panameño de la pollera. Entre 2012 y 2014, Cano compartió de manera gratuita con SERTV una investigación amplia, producto de años de recorrido por Panamá, América y parte de Europa, dedicada al estudio de la pollera panameña, sus variantes, usos, transformaciones y valor cultural. Ese gesto permitió desarrollar varios especiales televisivos que no se limitaron a mostrar la belleza del traje, sino que ofrecieron docencia sobre su historia, su confección, sus regiones, sus formas de uso y su significado como patrimonio del país.
Aquellos programas demostraron que la televisión pública puede hacer algo más que transmitir fiestas o presentar imágenes bonitas. Puede educar. Puede formar criterio. Puede ayudar a que el público distinga, valore y comprenda. La investigación de Cano ofreció una base académica seria para que la pantalla cumpliera una función cultural.
Lamentablemente, como ocurre tantas veces en Panamá, los cambios administrativos, los intereses políticos y la falta de continuidad institucional impidieron que ese proyecto siguiera creciendo. Allí aparece una de nuestras mayores debilidades: iniciar esfuerzos valiosos sobre identidad nacional y luego dejarlos perder por falta de seguimiento.
La pollera también ha viajado con los conjuntos folclóricos que han representado a Panamá en escenarios internacionales. En cada gira, festival, intercambio cultural o presentación oficial, la pollera no solo acompaña una coreografía: lleva una idea de país. Y, cuando esas participaciones son registradas por la televisión, la prensa o las plataformas digitales, la imagen se multiplica. Así, la pollera viaja dos veces: físicamente, con quienes la portan, y simbólicamente, a través de las cámaras.
Esa presencia continua en espectáculos televisados internacionales. En 2013, durante Premios Lo Nuestro, una presentación musical de Juan Luis Guerra incluyó la participación de bailarines con vestuarios representativos, entre ellos, agrupaciones vinculadas a la difusión folclórica panameña en Estados Unidos. Años después, en Premios Juventud 2025, celebrados en Panamá, la pollera volvió a ocupar un lugar visible dentro de una producción internacional. Estos casos confirman que la pollera sigue siendo una imagen eficaz para decir Panamá ante el público latinoamericano.
Sin embargo, hay que decirlo con firmeza: la pantalla también puede empobrecer el símbolo si solo muestra la pollera como adorno, lujo o espectáculo. La pollera no debe reducirse a una imagen bonita para abrir un programa, decorar una tarima o atraer turismo. Detrás de cada pollera hay trabajo artesanal, conocimiento transmitido, inversión familiar, sentido regional y respeto por normas culturales. Mostrarla sin explicar su profundidad puede convertirla en postal; mostrarla con contexto puede convertirla en patrimonio comprendido.
Por eso, en tiempos de mercado rápido, producción masiva e imitaciones, hay una advertencia necesaria: no podemos permitir que la pollera sea empujada hacia una industrialización que termine dañando su esencia. Una cosa es promoverla, difundirla y hacerla visible; otra, muy distinta, es convertirla en mercancía despojada de técnica, memoria y dignidad artesanal.
La pollera no puede defenderse solo con discursos patrióticos mientras se debilita el trabajo de las artesanas y los artesanos que la han sostenido durante generaciones.Si la televisión ha sido vitrina, ahora debe ser también archivo, escuela y defensa. Las cámaras pueden mostrar el brillo de las prendas, pero también deben mostrar las manos que cosen, las mujeres que la portan, las familias que la conservan, los espacios donde se elaboran y las comunidades que la reconocen como parte de su historia.
El ejemplo de los especiales realizados a partir de la investigación de Eduardo Cano Espino demuestra que sí es posible hacer televisión cultural con rigor, belleza y sentido pedagógico. Lo que falta es voluntad para darle continuidad.Panamá no llevó al mundo únicamente un traje. Llevó una memoria hecha imagen.
Por Roberto Antonio Pinto Rodríguez y Arturo Coley Graham
Roberto Antonio Pinto Rodríguez es doctor en Ciencias de la Comunicación Social y profesor de la Universidad de Panamá. Arturo Coley Graham es doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y catedrático de la Universidad de Panamá.