Hay quienes desafian cualquier intento de clasificación. Rubén Murgas no califica como un hombre perfecto. Tenía un bulto de defectos. Pero, poseía ese rasgo esquivo que los politólogos llaman “carisma”, y los amigos, “gancho”, que lo hacía invulnerable.
La gente así se da lujos. Mienten con la versión que uno necesita y nadie desea desmentir. Inventan excusas disparatadas para no cumplir promesas. Y en lugar de perder amigos, los multiplica. Son perdonables hasta de lo que abusan. Rubén, siendo un observador preciso de lo humano, manejaba el halago como un artista maneja el pincel.
Panamá se conduele...