Opinión

La bota de caucho y el microscopio en el lodo

01 de junio de 2026

A principios de la década de 1970, el joven Dr. Hugo Spadafora llegó a El Copé de La Pintada para cumplir con su año de servicio social obligatorio. Venía de estudiar en la Universidad de Bolonia, Italia; había estado en los mejores hospitales de Europa, rodeado de tecnología y comodidades. Cuando llegó a las comunidades de Coclé, se topó con la cruda realidad del Panamá rural de la época: desnutrición, parásitos, caminos de fango donde los caballos se hundían hasta el vientre y una población que le temía a la medicina moderna porque solo confiaba en los curanderos. El doctor no se quedó esperando en el centro de salud. Se puso botas de caucho, guardó su estetoscopio y un pequeño microscopio manual en una mochila, y empezó a caminar por las trochas bajo la lluvia. Un día llegó a una choza donde un niño estaba muriendo de una diarrea severa deshidratante. La familia se había resignado y estaba esperando el desenlace, creyendo que era una “brujería” o un “mal de ojo”. El doctor Spadafora no solo les dio el medicamento (que la familia miraba con desconfianza); hizo algo puramente humano y pedagógico: Tomó una muestra de agua del pozo de donde bebía la familia, la puso en su microscopio portátil y, con mucha paciencia, hizo que el padre del niño mirara por el lente. El campesino, que jamás había visto un instrumento así, se asombró al ver los microorganismos moviéndose en el agua. El doctor le explicó, con palabras sencillas de campo, que el enemigo no era un espíritu, sino esos “bichitos” que se morían si hervían el agua. El niño se salvó. Demostró que el verdadero ADN del médico panameño siempre ha estado ligado a la vocación comunitaria. * Médico.

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