Opinión

Antes de que la silla quede vacía

05 de octubre de 2026

Una ausencia rara vez comienza con una despedida. Primero es un lunes. Después, dos días seguidos. Más tarde aparecen una tarea sin entregar, un mensaje sin respuesta y una silla vacía demasiado tiempo. Cuando la escuela pronuncia la palabra “abandono”, la historia llevaba semanas pidiendo ser escuchada.

No siempre hay desinterés. Puede haber transporte irregular, enfermedad, ansiedad, dificultades económicas o la sensación de que las matemáticas no tienen relación con la vida. Si miramos la ausencia cuando ya es estadística, llegamos tarde. La pregunta es: ¿qué podemos hacer juntos antes de que esa silla quede vacía?

Panamá tiene una imagen poderosa para responder: la junta de embarra. Una casa de quincha no se levanta con una sola mano. Familias, vecinos y amigos trabajan coordinadamente. La trayectoria de un estudiante también necesita docentes preparados, familias escuchadas, escuelas acompañadas, instituciones responsables y datos utilizados con humanidad.

Desde la Universidad de Panamá y GIEM21, esa convicción se ha traducido en investigación y acción. EDEM y EMAS han acompañado a más de 500 docentes de primaria y secundaria. Las experiencias mostraron mejoras cercanas al 30 % en la planificación, el rediseño de tareas y la reflexión sobre el aprendizaje. La formación docente funciona mejor cuando ayuda a reconocer barreras, adaptar la enseñanza y devolver al estudiante la posibilidad de sentirse capaz.

Hoy, ECO-TD Regional amplía ese trabajo con 399 participantes de Panamá, Colombia, México y Chile. Integra formación docente, participación familiar, madurez digital, analítica educativa y alerta temprana.

La alerta temprana no debe etiquetar ni condenar. Sirve para observar antes, conversar mejor y preguntar qué apoyo necesita un estudiante: acompañamiento, una tarea adaptada, seguimiento tutorial o mayor coordinación con su familia. Los datos solo tienen sentido si protegen la identidad y ayudan a tomar decisiones humanas.

Panamá puede convertir este aprendizaje en política pública si articula universidades, Ministerio de Educación, escuelas, familias y comunidades, con continuidad más allá de cada administración. La ciencia adquiere valor público cuando la evidencia vuelve al territorio y ayuda a sostener trayectorias.

Antes de que la silla quede vacía, siempre hubo señales. Nuestro desafío es lograr que esas piezas se encuentren a tiempo. Como en una junta de embarra, nadie puede levantar solo la casa. El éxito se medirá en estudiantes que permanezcan, familias que puedan acercarse y jóvenes que vuelvan a decir: “sí puedo aprender”.

*** La autora es profesora de la Universidad de Panamá, especialista en Didáctica de la matemática***

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