Alfredo Arango: Arde París
Mientras vivía en Paris, decidí rentar un cuarto, en un área céntrica, el cual tenía cama , escritorio y sillas. Desafortunadamente el baño era comunal.
Se llaman “Manzardes” y están en muchos edificios franceses. Aquí en Panamá los hay en unos edificios de la Plaza de Arango, a una cuadra de la bajada de Salsipuedes.
Vivíamos puros jóvenes. Todos los días, al regresar de la Universidad me encontraba a un travesti en la entrada de mi edificio, que me ignoraba. Me atreví a preguntarle “Vous etes Latinoamerican?” y me contestó con un grito: “De Venezuela y cállate (en forma muy grosera)” , yo ni la determiné y subí a mi habitación.
Un par de días después veo que en la acera de nuestra casa un tipo rudo, golpeándola feamente, me armé de valor y se la quité de los puños del agresor, al que le puse al menos un ojo morado. Sentía lástima por el travesti.
Me agradeció y se fue de inmediato, toda golpeada. Sin embargo, al día siguiente, con un frío intenso, venía yo con abrigo, sombrero, guantes y dos huevos duros, que venden en los bares de París, como botana (para comer mientras te tomas unos tragos).
Abrí las manos, mostré los huevos de gallina duros y dijo, “no he comido nada hoy”, por lo que subimos a mi Manzarde y comió, uno, con pan baguette que yo tenía, y me habló de su vida. Nota: Siempre que contaba esta anécdota a mis alumnos de la Universidad, formaban una algarabía. ¿Profe, ¿tuvo sexo con él/ella? Por supuesto que no, no me atraen esas desviaciones.
Simplemente hablamos y me contó su vida, que por vestirse de mujer, tuvo que irse de su país y de los malos ratos, a pesar de que hay hombres que les gustan los personajes “transexuales”. Hasta ahí llegó la amistad, pues, creo que cambió de barrio porque no la volvía a ver más.
Un buen día se fue la luz de mi Manzarda (cuarto) y me quejé con el dueño del edificio para descubrir que la luz se había ido en todo los cuartos.
Los jóvenes que vivíamos ahí fuimos en pandilla a quejarnos con el casero, quien en un impecable francés sentenció: “A partir de hoy todas las Manzardas van a pagar la luz de su cuarto”. Dividiremos la luz del edificio entre todos los inquilinos, (los cuales éramos jóvenes estudiantes ).
Nos pareció injusto y fuimos a la Gendarmerie a quejarnos, pero nada logramos. Compramos velas y así subsistíamos, sin televisión o radios. Y el dueño, un tipo gigantesco y fornido, nos amenazaba, que se le acabaría la paciencia.
En esos días me llega una carta de mi abuela paterna Corina, de quien fui su primer nieto y me adoraba (desde que llegué a Panamá siendo un bebé en brazos de mi madre, desde México, donde nací), porque tuvo 12 hijos y como 60 nietos, pero yo fui el primer varón.
Abro el sobre y veo un giro bancario por 150.00 dólares. Cuál no sería mi sorpresa, pues tocan la puerta y entra el dueño con un perro gigantesco, exhibiendo sus colmillos y gruñendo. Al verme con la carta y el giro bancario abiertamente me amenazó con soltarme al perro feroz si no le endosaba el giro para mi cuota de electricidad.
Por supuesto que lo firmé y se lo extendí y desapareció con cheque y perro. Qué susto más grande. Cuando regresé a Panamá le conté a mi adorada abuela y madrina le anécdota y destino final del giro postal y me dijo lo siguiente: “Fíjate Atatito (me decían así porque mi padre era Atato), que yo de repente tuve una premonición. No sé por qué, creo que Atatito necesita plata allá donde está”, dijo mi abuela, de quien yo era el primer nieto varón, “y me fui al banco y te envié un giro”.
“Y me salvaste de ser mordido por un perro enorme”, le terminé de contar. Desde entonces me mudé de ahí y conseguí otro lugar donde vivir. Cuando íbamos a visitarla y yo era niño me advertían mis padres: “No te vas a quedar a dormir”.
Ella vivía en la Cresta cerca al Teatro Bella Vista. Cuando era hora de partir, ella decía con dulzura: “¿Y Atatito no se va a quedar conmigo?” No, contestaba secamente mi padre, porque no le trajimos muda de ropa. Entonces ella explicaba: “ah, pues yo le compré esta pijama, este sweater, pantalón y medias para que vaya con sus primas al cine”.
Y así me quiso y mimó, al punto que no me gustaban los frijoles chiricanos y cuando vivíamos con ella salía de la cocina con un limpión, recogía los vasos vacíos y en uno de ellos se llevaba los frijoles de mi plato. Consentidora y cómplice.
Luego venía mi papá y espetaba: viste que te los comiste, puras malacrianzas, esos frijoles son muy nutritivos. Mi hija lleva el nombre de mi abuela adorada, a quien senté en primera fila, con la visita del Papa, pues yo trabajaba en RPC e hice de locutor y narrador.
Alfredo A. Arango
Psicólogo y Escritor
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