Uno de los reclamos más frecuentes de los clientes no tiene que ver con el precio, el producto o el tiempo de espera. Tiene que ver con algo mucho más humano: sentir que nadie los escuchó.
Escuchar parece sencillo. Todos creemos hacerlo bien. Sin embargo, en muchas conversaciones estamos pensando en la respuesta mientras la otra persona todavía habla. Interrumpimos porque creemos saber lo que necesita, completamos su historia o recurrimos a una solución conocida antes de comprender el problema.
Ahí comienza buena parte de la frustración en el servicio al cliente.
Oír y escuchar no son lo mismo. Oír...