La transformación de un país jamás comienza en los palacios de gobierno; comienza en la conciencia de su pueblo. Ninguna nación puede aspirar a la justicia, al desarrollo o a la dignidad colectiva mientras sus ciudadanos continúen premiando con aplausos, fanatismo o indiferencia a quienes saquean el futuro común.
El clientelismo político no solamente compra votos: compra silencios, domestica voluntades y destruye el carácter moral de una sociedad. Cuando un pueblo cambia su dignidad por una bolsa de comida, una hoja de zinc o una promesa momentánea, no solamente pierde poder político; pierde la...