El lápiz de grafito omnipresente
Un colega me invito a su oficina ubicada en un elegante edificio con vista al mar, pero lo que llamó la atención fue un envase de latón redondo color marrón, lleno de lápices, todos afilados, apilados apretados, con el grafito en ristre.
Un lápiz de madera estándar tiene el grafito suficiente para dibujar una línea continua de aproximadamente 56 kilómetros (unas 35 millas) antes de desgastarse por completo. El lápiz moderno tiene su origen en el descubrimiento de una gran mina de grafito puro en Borrowdale, Inglaterra, en 1564. Una fuerte tormenta derribó unos árboles y dejó al descubierto un enorme yacimiento de grafito puro. Al principio, los pastores locales lo usaban simplemente para marcar a sus ovejas.
Como el grafito puro es blando y mancha las manos, se empezó a envolver en cordeles de cuero o papel para poder sostenerlo. Los carpinteros italianos Simonio y Lindiana Bernacotti tuvieron la idea, en el siglo XVII, de ahuecar un cilindro de madera, meter la barra de grafito y pegar las piezas, creando el primer lápiz con armazón de madera.
El proceso de fabricación actual combina esta materia prima con madera mediante un método industrializado que se estandarizó a finales del siglo XVIII. “El método Conté” 1795 durante la Revolución Francesa, modernizó su fabricación hasta hoy, en la que se incluye en el extremo superior el borrador.
Al preguntar al amigo por la colección de lápices en el envase, sonrió y me dijo, “les saco punta mientras medito”. El lápiz no solo sirve para trazar líneas y escribir, también para pensar.