Un maltrecho y viejo baúl de madera estuvo por generaciones olvidado en un ático, luego en un granero y por último en un garaje, sin que nadie supiera que dentro de éste había un tesoro del cine francés.
Nadie en un siglo lo abrió hasta que Bill McFarland, de 76 años, un profesor retirado y bisnieto de un proyeccionista en Pensilvania descubrió que tenía viejas películas que parecían "bastante buenas para ir a la basura. No tenía idea de lo que eran o como proyectarlas", relata.
En un principio las ofreció a un museo, después intentó venderlas a un anticuario que rechazó la compra por el peligro...