La Inteligencia Artificial (IA) ha dejado de ser ciencia ficción para redefinir nuestra convivencia.
En política, esta tecnología ofrece una dualidad crítica: la promesa de una gestión pública eficiente contra la corrupción, frente a la pesadilla de la manipulación algorítmica.
El desafío es ético.
Los algoritmos optimizan resultados, pero carecen de responsabilidad sobre el futuro.
Si la democracia es una conversación humana, ¿qué sucede cuando el interlocutor es una máquina programada? Existe el riesgo de que la “gobernanza algorítmica” priorice la eficacia excluyendo la voluntad ciudadana. Peligros...