No imaginé que Luis Carlos se despedía

  • Roberto Rolando Rodríguez
      Roberto Rolando Rodríguez |

      ¿Morir es una imperfección de la vida? Difícil encontrar una explicación y responsabilizar al Todopoderoso.

      Vivir es la condición humana de estar despierto, vivo y capaz de disfrutar de las cosas ahora y se necesita equilibrio de mente, cuerpo y espíritu. 

      Comienzo así porque estamos preparados para todo en este mundo, pero no para una sola sorpresa: la muerte. Ella siempre sorprende estés o no estés realizado. 

      Sentí mucho alivio cuando tome el teléfono desde mi hamaca de descanso en mi casa y me dispuse a llamar a mi entrañable amigo, Luis Carlos Pérez. Sí, entrañable.

      Desde pequeños en la primaria, en la secundaria, primer y segundo ciclo, fuimos amigos y dedicábamos nuestra juventud a luchar humildemente por superarnos, y por ser rebeldes ante el actuar de la clase gobernante que miraba para sus intereses en detrimento del pueblo.

      Compartíamos un letrero que rezaba a la entrada de Santiago: “Abajo el que suba”.

      Militamos en la Asociación Federada de la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena y éramos fuente potable para el voto electoral estudiantil. 

      Cuando estábamos en el último año en la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena, Lucho San Martin, como cariñosamente le llamábamos, fue electo vicepresidente de la Asociación de Graduandos y yo era parte de la directiva hasta ascender a vice luego que Omar Torrijos declaró la guerra al analfabetismo y envió a los graduandos normalistas a impartir clases en las escuelas rurales.

      Como estudiantes hubo jornadas de protestas incluyendo aquel 11 de octubre de 1968 cuando enfrentamos a guardia nacional golpista.

      Salimos de la ENJDA. Cuando se aparece Lucho a mi casa en la Tronoza y me invita a un proyecto de radio periódico que impulsaba el Consejo Revolucionario Veragüense que después terminó en una emisora que se denominó Radio Urraca.

      Desde allí, comenzamos a hacer radio y periodismo más cerca al pueblo. Nos mudamos a la capital y otra vez coincidimos en las aulas de clases del Departamento de Comunicación Social de la Facultad de Humanidades.

      Lucho y yo, no compartíamos ni cruzábamos noticias sino teníamos enfoques de los hechos que nos permitió proyectar nuestra capacidad en el diarismo nacional.

      Con este preámbulo, la muerte vino a perturbar mi tranquilidad, después que el pasado 3 de febrero sostuvimos una larga conversación telefónica. Nunca pesé que se trataba de una despedida porque ese mediodía, Lucho me confió sobre lo que su médico tratante daba como lectura del marcador tumoral y le aseguró era un gran avance.

      Una y dos veces me repitió, “Roberto tu eres mi hermano, mi amigo, confidente, colega y compañero de batallas. Te agradezco esta gran amistad que hemos desarrollado y consolidado”. Más adelante, hubo una frase que me llegaron al corazón porque lo dijo con tal sinceridad, y humildad.

      Se refirió a Lucia, su esposa. “Es una mujer maravillosa. Ha estado a mi lado y dispuesta a no abandonarme”. No sé cómo agradecer a Dios por la bendición de contar con Lucía. Lucía y Luis Carlos procrearon a Vicente “Chentín” y fue Vicente quien me llamó desde su celular para darme la mala noticia.

      “Señor Roberto, le llamo porque usted me vio pequeño, mi papá me hablaba mucho de usted, de esa gran amistad y yo quiero agradecer esa amistad con él”.

      Casi haciendo esfuerzo por sostenerme, sentí, en todo mi cuerpo una corriente caliente. Impávido del golpe de la muerte que no pensé, me pregunté una y dos veces, entonces, Luis Carlos, ¿se estaba despidiendo de mí?  

      Aún cuando no lograba asimilar el hecho saque fuerzas para escribir a las amistades que siempre me preguntaron por su evolución de salud. Luis Carlos Pérez, hasta luego. Lucía y Chentín, fuerza y demás familiares resignación.

       

      Roberto Rolando Rodríguez 
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