El espíritu de la revuelta sigue intacto en los sirios exiliados

¿Arrepentidos? "Ni un sólo segundo". Durante los años de la revuelta y la guerra de Siria, Omar, Nivín, Tohama y Bashar han sabido lo que...
  • Omar Alshogre, un refugiado sirio que fue torturado en las cárceles de su país, el 11 de noviembre de 2020 en Estocolmo, Suecia
París (AFP) |

¿Arrepentidos? "Ni un sólo segundo". Durante los años de la revuelta y la guerra de Siria, Omar, Nivín, Tohama y Bashar han sabido lo que es el miedo, la tortura, los bombardeos y el exilio, pero nada ha logrado apagar sus ansias de democracia.

Cuando se propagó la Primavera Árabe por todo Oriente Medio, miles de jóvenes sirios se sumaron a las manifestaciones que reclamaban un cambio en el país que ha vivido regido por la familia Asad desde 1970.

La respuesta del régimen fue rápida y despiadada, y muchos sirios no violentos en el centro de la revuelta pagaron con su vida el anhelo de libertad.

La AFP ha entrevistado a cuatro militantes sirios que tuvieron que exiliarse tras haber sido víctimas de terribles violencias y de la pérdida de seres queridos. Y sin perspectiva de poder volver al país, no lamentan su compromiso. He aquí sus historias.

- Un futuro estudiante de Georgetown en Estocolmo

Lo primero que ve Omar Alshogre cuando se despierta es la foto de los carceleros que lo torturaron en la Sección 215, uno de los centros de detención más conocidos de Siria.

Esta foto, colocada en una mesita al lado de la cama, es para recordarle que "no me quebraron, todavía estoy vivo".

Omar, que actualmente tiene 25 años, cuenta que tenía 15 cuando las fuerzas del régimen le detuvieron por primera vez "con todos los hombres" de su pueblo, cerca de Banyas, en la costa mediterránea.

Lo liberaron dos días después de que los carceleros le arrancaran las uñas y le rompieran una pierna.

"Comprendí por primera vez lo que significaba la libertad y a partir de ahí empecé a manifestarme", dice Omar a la AFP, a través de videoconferencia.

Durante los 18 meses que siguieron, fue detenido seis veces más. En mayo de 2012, las tropas del régimen atacaron su pueblo, mataron a su padre y a dos de sus hermanos.

Tras su última detención, en noviembre de 2012, estuvo en 10 cárceles o centros de detención diferentes.

"He visto más cárceles en Siria que visitado el propio país", dice.

Cuando lo liberaron en 2015 era la sombra de sí mismo. Pesaba 35 kilos.

Su madre le envió clandestinamente a Turquía con su hermano pequeño Alí, de 15 años. Un traficante los llevó en barco a Grecia y atravesaron Europa hasta llegar a Suecia, donde obtuvieron asilo.

Actualmente, Omar, que habla inglés y sueco, trabaja para la Syrian Emergency Task Force, una organización con sede en Estados Unidos, y dio su testimonio sobre torturas en Siria en la comisión de relaciones exteriores del Senado estadounidense.

En octubre de 2020 fue aceptado en la universidad de Georgetown, en Washington, donde va a estudiar comercio y empresariales.

"No es fácil perder tu casa, a tu padre, a tus hermanos, tu escuela, tu ciudad, tus montañas (...) Pero si lo tuviera que volver a hacer, lo haría porque la revolución es lo primero que hemos hecho bien en Siria", asegura.

- Una humanitaria en Berlín

Cuando Nivín al Mousa se sumó a las manifestaciones en su ciudad de Taybat al-Imam, en la provincia de Hama(centro), nunca hubiera imaginado que un día se exiliaría.

En 2013, su hermano Hamza, un militante no violento, fue detenido en un control. "Supimos después que lo habían torturado hasta la muerte", dice Nivín, que identificó su cuerpo en una foto de "César", un exfotógrafo de la policía militar que desertó llevándose consigo miles de imágenes que ilustraban las torturas en las cárceles sirias.

"Cuando ves esta foto, sientes una herida en lo más profundo de ti que nunca podrá cerrarse", dice a la AFP esta siria de 30 años.

Nivín, su madre y sus hermanos huyeron poco después a Turquía, un viaje "digno de una película de James Bond. Aviones (...) nos bombardeaban a nuestro alrededor y el chófer conducía a 200 km/h", en sus propias palabras.

En Turquía conoció a su futuro marido, Mohamed, que escapó in extremis de la muerte tras haber recibido una bala en la cabeza.

En 2015, obtuvo un visado médico para Alemania. En Berlín les concedieron el estatuto de refugiados.

"Estamos todos traumatizados", dice Nivín, que ahora tiene 36 años.

Sus hijas de seis y cuatro años le dan la fuerza para seguir luchando.

Habla alemán, inglés y árabe y trabaja para Handicap International, una ONG francesa que ayuda a los refugiados discapacitados en Alemania.

También participa en las manifestaciones en este país para denunciar la suerte de los prisioneros sirios.

"Lo único que queremos es que el gobierno respete nuestros derechos", dice. "Un día, el régimen recibirá lo que merece".

- Una feminista en Colmar, Francia

En 2013, Tohama Darwish sobrevivió a los ataques químicos contra Guta Oriental, en las afueras de Damasco, y que según las oenegés habrían provocado 1.400 muertos.

Cinco años después, con ayuda de la aviación rusa, el ejército sirio llevó a cabo una represión despiadada contra la oposición armada en esta región.

Ante los bombardeos "tan sumamente intensos", Tohama, su esposo y su hija de dos años se sumaron al flujo de desplazados hacia la región de Alepo.

Ahí, los combatientes islamistas la acusaron de difundir "obscenidades" cuando trataba de sensibilizar sobre la violencia contra las mujeres.

La familia se fue a Turquía y Tohama y su marido solicitaron asilo en Francia, donde llegaron en 2019.

Actualmente viven en una vivienda social en Colmar (noreste), donde aprenden francés y esperan el estatuto de refugiados.

"Me siento culpable de haber dejado atrás a mis allegados pero estoy contenta de que Sumi vaya aquí a la escuela", dice sobre su hija de cinco años.

"Siempre será siria pero su vida está aquí ahora. Cuando crezca, le contaré lo que ocurrió".

- Un doctor en Londres

Cuando Bashar Farahat salió de la cárcel a principios de 2013 le impidieron retomar una pasantía en pediatría en un hospital público de Lataquia (noroeste).

Fue detenido por haber participado en manifestaciones contra el régimen y fue golpeado por sus interrogadores.

En abril de 2013, fue detenido otros seis meses.

"La tortura durante los interrogatorios fue dura. Pero lo peor fue (...) vivir en una celda de 30 m2 con otros 90 a 100 prisioneros", dice Bashar, que actualmente tiene 36 años.

Como médico, sus compañeros de celda le pedían a menudo ayuda. "Pero no tenía nada" para aliviarlos, dice.

"Algunos perdieron su pene debido a las heridas gravemente infectadas".

Tras su liberación en noviembre de 2013, fue a Líbano y pidió asilo a través de la ONU.

Llegó a Inglaterra en marzo de 2015 y pasó un examen que le permitió ejercer su profesión en este país.

Hoy está casado y trabaja en un hospital público de Londres.

"Cuando empezó la epidemia de covid-19 (...), creo que mi experiencia en Siria me preparó para trabajar bien en medio de una crisis", dice.

También ha creado una web de telemedicina y hace consultas en línea para los sirios necesitados.

"Hay que ser fuerte, trabajar duro (...), de esta forma, cuando caiga el régimen, podremos participar en el futuro de Siria", sostiene.

¿Qué le diría al joven que fue?

"'Sal a manifestarte. Más de lo yo lo hice'. ¿Me arrepiento de la revolución? Ni un sólo segundo. La revolución me ha convertido en lo que ahora soy".



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