Sueños, amor y valentía para una revolución social en Irak

Ali no daba crédito cuando vio a un amigo proponer matrimonio a una manifestante que conoció en la plaza Tahrir de Bagdad. Lo hizo delante...
  • Estudiantes manifiestan contra el gobierno el 11 de febrero de 2020 en Nassiriya, sur de Irak
Bagdad (AFP) |

Ali no daba crédito cuando vio a un amigo proponer matrimonio a una manifestante que conoció en la plaza Tahrir de Bagdad. Lo hizo delante de todos, algo inimaginable antes de la "revolución de octubre".

Este movimiento de protesta espontáneo nacido hace más de cuatro meses no ha provocado cambios importantes en la política pero, según los manifestantes y algunos observadores, ha conseguido derribar barreras sociales en la muy conservadora sociedad iraquí.

Hombres y mujeres caminaron juntos en las marchas, en las que abuchearon y se burlaron de dignatarios religiosos y políticos. Las clases sociales fraternizaban.

Para Ali Jreibit, de 28 años, es algo nunca visto.

"Hemos marcado un gol" logrando la dimisión del gobierno, dijo. Pero nada más, porque los políticos quieren sustituir al primer ministro por otro hombre del sistema.

Por el contrario "a nivel social, hemos logrado muchas cosas" rezando, bailando o llorando juntos, bajo los lemas de "fin del clasismo", "muerte a las discriminaciones" o "no a las tradiciones obsoletas".

- "Años en coma" -

"Tahrir nos ha permitido soñar", resume un iraquí en las redes sociales, vector de la "revolución" en un país donde el 60% de la población tiene menos de 25 años.

Permite soñar tanto al estudiante de los barrios acomodados como al conductor de 'tuk-tuk' (vehículos motorizados de tres ruedas), al ama de casa de las zonas agrícolas del sur y al médico de Bagdad.

En 1979 Sadam Husein llegó al poder y llevó a Irak a un ciclo de guerra y violencia, del que salió en 2017 con el anuncio de la victoria sobre los yihadistas.

"Es como si los jóvenes hubieran estado en coma durante años", asegura a la AFP Ahmed al Hadad, un manifestante de 32 años de Bagdad. Pero recientemente, "vieron que había algo más allá de la supervivencia: era posible una vida digna en una sociedad civil, sin yugos sociales ni tabúes de los partidos religiosos".

En las redes sociales, hay instantáneas nostálgicas de las bagdadíes en minifalda y los cabarets de Basora. Recuerdos lejanos enterrados durante una década marcada por el auge de partidos religiosos, el poder de las milicias chiítas o de grupos yihadistas sunitas.

En Diwaniya, un bastión de la revuelta en el sur donde las tradiciones y las reglas tribales dictan la ley, Hayam Shayaa, de 50 años, nunca pensó que fuera a juntarse con hombres en tiendas de campaña para hablar de política o música.

"De repente, todo cambió", cuenta esta iraquí, que viste un velo negro tradicional. Y eso, dice, porque casi 550 iraquíes murieron por "un país civil y desarrollado, no atrasado ni reaccionario".

Un cambio que no dan por hecho el resto de los 40 millones de iraquíes, incluidos los hombres del sistema, los partidos religiosos y las facciones armadas.

"La sangre de los mártires se derrama por la indecencia, es una inconsciencia", protesta un internauta. El líder chiíta Moqtada Sadr pide que las manifestaciones no sean mixtas y acusa a los participantes de beber, drogarse y promover el libertinaje.

Pero los manifestantes ni se inmutan ante sus consignas y ni ante el terror que su milicia ha impuesto durante mucho tiempo. Tampoco les importan los discursos de otros clérigos o milicianos.

- "Unirse por un proyecto" -

Ahora debaten libremente en los campamentos antipoder sobre el sistema de distribución de puestos en función de confesiones y grupos étnicos, el lugar de los clérigos, los milicianos que se han convertido en políticos o la influencia del vecino Irán.

Hace unos días, el exfutbolista profesional Adnane Derjal incluso pidió el final del "confesionalismo y regionalismo" en el deporte rey en Irak.

"Los jóvenes quieren conseguir lo que nuestra generación nunca ha podido hacer", señala el sexagenario Jaled Hamza, director de un centro de investigación de Bagdad.

Para Heba, una veinteañera, Irak ha llegado a un punto sin retorno.

Manifestarnos "nos obligó a distinguir lo bueno de lo malo", dijo a la AFP. Según ella, ahora los jóvenes saben lo que quieren: el "derecho" a una vida digna en uno de los países más ricos en petróleo del mundo, donde el 20% de la población es pobre.

Ahora, asegura Mohamed al Ajil, quien se manifiesta regularmente en Bagdad, hay que "unirse en torno a un proyecto para satisfacer las necesidades de los iraquíes".

Un proceso que llevará "años" porque "todo no puede cambiar de la noche a la mañana".



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